“Sin excepción, el mejor jugador que jamás haya salido de Los Ángeles”. Marques Johnson, ex jugador y cinco veces All-Star
“Raymond fue probablemente el mejor jugador que nunca jugó en la NBA”. Donny Daniels, entrenador de Cal State Fullerton y compañero de equipo de Lewis en Verbum Dei
“Qué curioso que Allen Iverson ganara el premio al MVP del All-Star Game el mismo día en que falleció Raymond. Porque Raymond fue el Allen Iverson de su época”. George McQuarn, entrenador en Verbum Dei
La cancha de asfalto del patio central de la Prisión Estatal de San Quintín, en California, no fue diseñada para la supervivencia de los débiles. Rodeada por imponentes muros de piedra gris de doce metros de altura, coronada por infinitas hileras de concertinas oxidadas que cortan el frío viento de la bahía de San Francisco, la pista es un coliseo de cemento agrietado por el sol y la humedad. Allí, a finales de la década de los 70, cientos de reclusos se agolpaban cada tarde en los bordes de las líneas de cal. Hombres condenados por delitos de sangre, miembros de las bandas más peligrosas del estado y la peor calaña sujeta a cadena perpetua, se apretujaban, hombro con hombro, para presenciar un espectáculo que rompía por completo con la férrea disciplina del lugar.
En mitad del patio, vistiendo camisetas de tela gastadas y zapatillas sin cordones, jugaba un tipo que, al contrario que el resto de sus compañeros, sí era libre. Completadas aquellas pachangas, recogía sus bártulos y atravesaba los portones de la cárcel. No estaba sujeto a ninguna sentencia judicial, pero cargaba sobre sus hombros su propia condena: un exilio perpetuo dictado por los despachos de la NBA.
Su nombre era Raymond Lewis.
En las calles del sur de Los Ángeles le llamaban The Phantom. Quienes tuvieron la fortuna de verlo jugar en su apogeo aseguran, con una mezcla de solemne respeto y melancolía, que poseía el tiro tras bote más letal e indescifrable que jamás haya pisado una cancha de baloncesto. Incluidas las de los profesionales que ganaban millones bajo los focos de la televisión. Él, sin embargo, mendigaba unos pocos dólares en patios de prisiones de máxima seguridad como la de San Quintín.
Y no fue por qué no disfrutara de una oportunidad para brillar en la NBA, sino que su propio camino se torció cuando todavía daba los primeros pasos.
El pequeño Raymond no dejaba dormir a sus padres. Con apenas tres años de edad se dedicaba a lanzar calcetines al aro de plástico que pendía junto a su cama en mitad de la noche, lo que provocó tantas broncas como episodios de insomnio. Su flechazo con el baloncesto fue precoz e inmediato.
Pese a la protección y cuidado de sus progenitores, crecer en el corazón de Watts curtió su carácter rebelde. “Vivíamos en la calle 103 durante los disturbios de 1965”, recordó Lewis en 1985 en una entrevista para el L.A. Times. “Éramos los únicos del barrio con una piscina en el patio trasero. Cuando empezaron los disturbios estábamos nadando. Recuerdo los disparos y a la gente gritando: ‘¡Agáchense!’ Mi padre estaba en el tejado, mojándolo para que no se incendiara”.
Raymond absorbió el orgullo de los lugareños durante aquellos incidentes y lo trasladó al baloncesto; primero, al cemento y, más tarde, al parqué. Se convirtió en mito viviente con el equipo del Verbum Dei High School, al que lideró a tres campeonatos regionales a merced de un casi inmaculado registro de 84 victorias y tan solo cuatro derrotas.
No obstante, este glorioso éxodo escondía un arma de doble filo.
Lewis aseguraba 24 puntos por velada, redactados bajo sus propios códigos. Era inmensamente bueno, superior a cualquier otro jugador con el que compartiese cancha, fuese rival o compañero de equipo. El propio Raymond lo sabía y desarrolló un peculiar vicio: solo confiaba en sus propias habilidades y todo balón que llegaba a sus manos terminaba de forma irremediable en un tiro a canasta. En consecuencia, su entrenador, George McQuarn, alcanzó una especie de pacto con Lewis: podía tirarse hasta las zapatillas, pero tenía estrictamente prohibido lanzar a canasta durante los primeros cinco minutos de cada cuarto, con el propósito de inculcarle los valores del juego colectivo y el trabajo en equipo. Lewis cedió a pesar de que no le convenció lo más mínimo el método de McQuarn. ¿Por qué? Sencillo: si aceptaba seguiría en pista y tan solo tenía que esperar cinco minutos antes de exhibir todo su arsenal ofensivo. Dar un par de pases era un precio a pagar más que asequible.
Aun así, la tentativa de McQuarn no se limitó únicamente a controlar el salvaje individualismo de Lewis en pista.
Una noche, durante su último año de instituto, su entrenador lo llevó a cenar con el legendario John Wooden, técnico de UCLA. Por desgracia, la pionera pirámide del éxito de Wooden no encajó con su espíritu de estrella del playground. “En cuanto subimos al coche después de la cena, me dijo: ‘Entrenador, usted sabe que no voy a ir a UCLA’”, recordó McQuarn.
En efecto, Raymond exigía para sí un escenario donde pudiera seguir siendo, sin condiciones, el rey absoluto.
#62 - Medio siglo después de John Wooden
Este artículo lo escribí para el número 7 de la revista Fab Five Magazine, publicado el 7 de enero de 2026. Una entrega dedicada al pasado, presente y futuro de los banquillos de la NCAA. Si te gusta el baloncesto universitario, descárgatela y disfruta. También puedes seguir el proyecto
La insolencia de rechazar a Wooden no quebró la determinación de su entorno por encauzarlo.
McQuarn y sus padres lo presionaron para que se enrolase en la Universidad de Long Beach State para jugar a las órdenes de Jerry Tarkanian, en quien veían un trampolín ideal hacia el profesionalismo, deportivo y personal. Lewis inicialmente aceptó, pero en el último momento cambió de parecer y firmó con la Universidad de California State. Diversas fuentes de la época señalaron que el nuevo acuerdo con los Golden Eagles incluía, en las sombras, un Chevrolet Corvette rojo y becas para varios de sus amigos de Watts. “Me hubiera encantado tenerlo en mi programa”, admitiría Tarkanian poco después. “Realmente creo que si lo hubiera tenido, todo hubiera ido bien”.
En California State, su leyenda urbana cobró una nueva dimensión nacional.
Lideró el ranquin de anotadores entre los freshman con 38,9 puntos por velada, incluida una estratosférica exhibición de 73 puntos contra Santa Bárbara. En su segunda temporada fue el segundo máximo realizador a nivel nacional con 33 tantos por velada. Sus peripecias corrían como la pólvora por todas las barberías del sur de Los Angeles, entre las que destacaban los 53 puntos que aseguraron la victoria de los Golden Eagles sobre, precisamente, la Long Beach State de Tarkarian, para muchos, el mejor partido universitario en la historia de la ciudad.
Su consagración definitiva llegó en la Liga de Verano de 1972. Conocido por todos en Los Angeles, Lewis recibió una invitación de los Lakers para participar en un scrimmage estival en el que también estuvieron presentes los novatos angelinos Jim Price, Travis Grant y Roger Brown. Lejos de amilanarse —aquellos Lakers contaban con auténticas leyendas de la NBA como Wilt Chamberlain, Jerry West, Gail Goodrich o Pat Riley—, Raymond se adueñó del show con 52 tantos, fruto de un asombroso control del balón y un rango de tiro impropio de la época.
Tras aquella exhibición —con scouts presentes—, su stock en la NBA aumentó de forma exponencial. Los ejecutivos de la liga se relamían ante la posibilidad de reclutar a un jugador llamado a marcar una época. Así, los Philadelphia 76ers lo seleccionaron con el pick 18 del draft de 1973.
El idilio, sin embargo, duró lo que tardaron en concretarse los primeros contratos. Creyendo que podía manejar la situación por su cuenta, Lewis rechazó cualquier tipo de asesoramiento. “Quería representarse a sí mismo. Pensaba que los agentes no podían ayudarlo. Ese fue su primer gran error”, declararía posteriormente el agente Fred Slaughter, quien tuvo a su cargo a estrellas como Clyde Drexler o Dennis Johnson.
Los 76ers acababan de firmar la peor temporada en la historia de la liga, con unas paupérrimas nueve victorias. Una desgracia que, al menos, les abrió las puertas al pick 1, con quien eligieron a Doug Collins, a quien ofrecieron un contrato totalmente garantizado por 200.000 dólares anuales. Las cifras de Lewis no se quedaron atrás, aunque los 190.000 dólares que le pusieron sobre la mesa le resultaron insuficientes.
Aquello hirió profundamente su orgullo. Y no tardó en responder, a su manera.
Durante el training camp, un enfurecido Lewis decidió demostrar quién era el auténtico macho alfa y destrozó a Collins en un partido de entrenamiento en el que anotó 60 puntos en tres cuartos, buscando siempre el emparejamiento defensivo del otro rookie. “Le metía 50 puntos en la cara siempre que me daba la gana, en cada entrenamiento, delante del staff técnico”, declararía, con chulería, el propio Lewis años más tarde. “Yo era mejor qué el. Todos allí lo sabían, pero querían que aceptara las migajas por el simple hecho de ser el último novato”.
Con la certeza absoluta de saberse el mejor jugador, Lewis exigió una renegociación inmediata. La directiva de Philly se negó en redondo. Doug Collins, recordando la situación, comentaría décadas después: “La tragedia es que recibió muy malos consejos. Cuando llegas a un equipo que viene de un 9-73, simplemente sales a jugar. Y él realmente sabía jugar”.
La tensión estalló definitivamente cuando Lewis se incorporó tarde a la pretemporada oficial de los 76ers. Tras jugar un partido de exhibición en Normal, Illinois —la ciudad natal de Collins—, un Raymond visiblemente eclipsado y frustrado abandonó el encuentro en el descanso. Fiel a su carácter impulsivo, recogió sus pertenencias de la taquilla en mitad de la noche y tomó un avión de regreso a Los Angeles.
La respuesta de la NBA fue implacable: los 76ers lo suspendieron de empleo y sueldo, haciendo valer una cláusula legal que bloqueaba su ficha. Aunque Lewis argumentó tiempo después que no se había marchado, sino que el entrenador Gene Shue le aconsejó tomarse un año libre para madurar y que luego le rogó en vano que lo readmitieran mientras los periódicos lo hacían pasar por “loco”, el daño estaba hecho.
A los 21 años, Raymond Lewis fue borrado de un plumazo de la NBA.
Al año siguiente, en 1974, estuvo a punto de debutar en la liga rival, la ABA, con los Utah Stars. Sin embargo, los 76ers amenazaron con una demanda millonaria alegando que el jugador, a quien tampoco querían, les pertenecía, lo que bloqueó su marcha.
Aún así, hubo un atisbo de redención.
En 1975 regresó a Philadelphia de la mano del nuevo general manager Pat Williams, quien todavía confiaba en el chaval. “Me hace temblar de emoción”, reconocería el ejecutivo tras verlo en un par de entrenamientos.
Sin embargo, su retorno fue un desastre.
Según el cronista de la época, Bill Livingston, todo se torció nuevamente en uno de los primeros entrenamientos con el equipo. En una pachanga informal contra World B. Free —por aquel entonces todavía un rookie—, Lewis trató de superar al novato con cuatro fintas consecutivas. Cuando creía haberlo conseguido y se preparaba para encestar, Free se recompuso y le colocó a Lewis un tapón estratosférico. “Había sido derrotado y no pudo soportarlo. Se quedó un rato, con la mirada perdida y el semblante serio, y luego desapareció”, recordó Livingston. Un relato que trató de contradecir el propio Lewis: “Free no taponó mi tiro entonces ni podría taponarlo hoy”, afirmó, antes de alegar que su espantada se debió a que los 76ers rompieron su contrato original, obligándolo a ganarse un puesto en una plantilla que ya tenía doce jugadores con acuerdo garantizado.
Sin ingresos estables, sumido en la frustración de ver su sueño roto, Lewis tuvo que ganarse la vida en su Watts natal. Se convirtió en un mercenario del asfalto, vendiéndose al mejor postor en torneos de fin de semana organizados en los suburbios de Los Ángeles y en ligas locales de barrio. Fue en ese circuito marginal donde le llegó una de las propuestas más extrañas de su vida: sumarse a un combinado de estrellas callejeras para jugar contra el equipo oficial de los reclusos de la cárcel de San Quintín.
Cruzar el umbral de hierro de la presión encogía el estómago. Cuando Lewis saltó a la cancha del patio central, el ambiente era hostil. Sin líneas de banda, los presos se situaban a escasos centímetros de los jugadores, quienes recibían insultos, amenazas e, incluso, escupitajos. Los árbitros tenían un ojo puesto en el balón y el otro en adelantarse a cualquier tipo de conato de incendio. La gran mayoría de los jugadores pro-am que se atrevían a cruzar sus muros terminaban encogiéndose ante la gélida mirada de los reclusos. Pero Raymond Lewis no se asustaba fácilmente y en aquel hostil escenario encontró su santuario y un lugar perfecto para desatar toda la rabia acumulada durante sus años de destierro.
Desde el silbato inicial, Lewis demostró que no había ido a San Quintín a pedir disculpas por estar vivo. Armó el brazo con una velocidad y plasticidad que dejaron mudos a los defensores rivales. Anotados los primeros tiros en suspensión con pasmosa facilidad, orientó su cuerpo hacia la esquina donde los presos de mayor rango desataban su furia contra él y encadenó otros tantos triples. Al principio les dio la espalda. Luego, les mantuvo la mirada de forma desafiante tras cada canasta. El griterío ensordecedor y el odio ciego dio paso a un murmullo colectivo de pura incredulidad. Minutos después, el patio quedó sumido en un silencio sepulcral, un estado de asombro casi religioso que solo se rompía cuando el balón volvía a besar el fondo de la red.
Los guardias que custodiaban las pasarelas metálicas superiores, sosteniendo sus fusiles reglamentarios bajo el sol, recordarían durante décadas cómo aquel exiliado de la NBA logró anular por completo los códigos de conducta y violencia de la prisión más peligrosa de la Costa Oeste a base de puro talento. En mitad del tercer cuarto de uno de aquellos partidos, tras anotar su trigésimo punto consecutivo superando una triple defensa que lo cosía a golpes en cada penetración, un respetado y veterano líder de la Hermandad Aria se levantó lentamente de su banco de madera. Miró fijamente a Lewis a los ojos y, rompiendo toda norma de neutralidad carcelaria, comenzó a aplaudir de forma pausada y solemne.
Segundos después, el patio entero de San Quintín —afroamericanos, latinos y blancos, fracturando por unos instantes las estrictas y sangrientas barreras de segregación racial que regían la vida diaria del penal— se unió en una ovación cerrada para vitorear al hombre que la gran liga americana había decidido mantener oculto en la oscuridad de los despachos. En aquel rectángulo de cemento rodeado de armas, violencia y odio, él era el único ser humano verdaderamente libre.
Hubo un último intento de redención en el verano de 1978, cuando los San Diego Clippers lo pusieron a prueba. Lewis volvió a deslumbrar a los técnicos durante los entrenamientos, pero las viejas heridas de la desconfianza y nuevas disputas salariales hicieron que la negociación saltara por los aires una vez más antes del salto inicial de la temporada.
Así, El Fantasma regresó definitivamente a las sombras de las canchas secundarias de Los Ángeles.
A mediados de la década de los 80, rozando los 32 años, Raymond Lewis seguía siendo una figura habitual de las canchas callejeras y los gimnasios de Long Beach. Su rostro y su estómago reflejaban la redondez de quien bebía demasiada cerveza y pasaba el tiempo tumbado esperando que se curaran sus lesiones de tobillo, pero su tiro en suspensión seguía siendo “tan suave como un beso de verano”. Obsesionado con regresar, ignoraba la cruda realidad que el jefe de oficinas de los Lakers, Jerry West, resumía con frialdad al ser preguntado si recordaba a alguien debutando en la NBA a esa edad: “Ninguno. Creo que lo pasaría muy, muy mal”.
Aislado en una casa de alquiler, Raymond pasaba las tardes bebiendo cerveza frente al televisor, diseccionando los movimientos de Magic Johnson, Julius Erving o Larry Bird. “Podría estar haciendo lo mismo que ellos, pero como dicen, así es la vida”, se repetía a sí mismo, sin convencerse del todo, mientras veía la pantalla. Analizaba la defensa de Dennis Johnson o Michael Cooper y se encendía: “Si D.J. me presionara y el entrenador me dijera: ‘Necesitamos 40 puntos de tu parte’, ¿crees que no los conseguiría? Sé que sí”.
Sus palabras no eran fanfarronería vacía.
Dos años antes, en 1983, durante un partido de la liga de verano en Compton, se había enfrentado cara a cara con Michael Cooper, el especialista defensivo de los Lakers. Esa noche, Raymond le anotó 56 puntos. Lorenzo Romar, jugador de los Golden State Warriors y amigo íntimo de Lewis, refrendó la leyenda: “He jugado uno contra uno contra World B. Free, Sidney Moncrief e Isiah Thomas. Me ganaron más veces de las que yo les gané, pero Raymond es más difícil de vencer que cualquiera de ellos. Es realmente muy, muy triste”. En aquella misma liga de verano, Lewis anotó otros 67 puntos como invitado de los San Antonio Spurs. Pero la NBA ya había pasado a ser un sueño amargo.
Aun no estando del todo en forma, el deseo de jugar lo consumía “como el fuego”.
Se negaba a aceptar un trabajo fijo permanente. Su esposa, Sandra, una operadora informática a quien él definía como “un ángel”, era el principal sustento de sus dos hijos. Raymond sobrevivía encadenando empleos temporales: ayudaba en la tienda de comestibles de su padre una semana y la siguiente trabajaba como repartidor para el abogado Bob Bergmann en Long Beach. “Lo que pudo haber sido es duro para un joven”, comentaba Bergmann. “Tiene que superarlo antes de fijarse metas. Es una lástima que no tenga un título; sería un buen entrenador porque se lleva muy bien con los jóvenes”.
Pero a Lewis nunca le interesó la pizarra. Cada verano regresaba al asfalto abrasador de Paramount Park para meter 50 o 60 puntos por partido ante rivales diez años más jóvenes. “Me niego a ser olvidado”, repetía con terquedad. “No voy a decir que no voy a llegar a la NBA. Eso depende de Dios”.
Pero Dios, o el destino que él mismo acabó labrándose, tenía otros planes.
Su obstinada voluntad y su reclusión psicológica terminaron por devorarlo. En sus últimos años, Raymond cayó de lleno en las garras del alcoholismo. A los 41 años, en uno de sus últimos partidos informales en un aparcamiento, retó a su cuñado James Pilcher por diez dólares y un pack de seis cervezas Coors.
Encestó quince tiros seguidos sin un solo fallo. Aquella fue su última postal baloncestística.
La tragedia final se desencadenó a principios de 2001. Lewis desarrolló una severa infección en una pierna. Preso de un pánico atávico y de su desconfianza —otra más— en los médicos, se encerró en el pequeño dúplex de su madre en Watts. Pasó semanas postrado sobre un colchón en el suelo, viendo cómo su cuerpo se deterioraba y su pierna se pudría. Llegó a ahuyentar a los paramédicos que acudieron a su casa tras una llamada de emergencia de su madre. Cuando finalmente accedió a ser trasladado al Centro Médico County-USC, ya era demasiado tarde: había sufrido un derrame cerebral no tratado que lo dejó ciego y sin capacidad para caminar.
En el hospital, los médicos le dieron un ultimátum: le quedaban 48 horas de vida a menos que se sometiera a una amputación inmediata. Incluso al borde de la muerte, la identidad de Raymond seguía ligada de forma obsesiva al baloncesto. “Todavía puedo bajar hasta la esquina y chutar”, le susurró a su cuñado. “Si pierdo la pierna, no puedo hacerlo”. Hizo falta que toda su familia, incluido su tío, el reverendo Joseph Peay, pasaran un día entero desfilando junto a su cama, rogándole entre lágrimas que aceptara la operación para que Raymond diera su brazo a torcer.
La intervención quirúrgica no pudo frenar la septicemia generalizada. El domingo 11 de febrero de 2001, a las 11:35 de la mañana —casualmente el mismo día en que Allen Iverson se coronaba MVP del All-Star Game de la NBA exhibiendo un estilo callejero del que Lewis había sido pionero—, Raymond Lewis falleció solo a los 48 años de edad.
Murió en una aséptica habitación de hospital del tamaño de un armario.
El hombre que una vez dominó las pistas que pisó, expiró en la más absoluta pobreza. Los gastos de su entierro tuvieron que ser costeados por una póliza de seguro de vida que su cuñado había contratado por pura intuición.
“Mi padre sentía que si no jugaba al baloncesto, no valía nada”, confesaría su hija, Kamilah Lewis-Harris. Y así fue. Cuando ya no pudo jugar más y su vida perdió todo el sentido que se afanó en darle, se acurrucó en el suelo de Watts y optó por morir, idolatrado en Los Angeles, pero totalmente olvidado por esa NBA que nunca entendió del todo su anhelo.
Sin embargo, estrellas de la liga como Marques Johnson mantendrían siempre inalterable su memoria: «Sin excepción, es el mejor jugador que jamás haya salido de Los Angeles». Durante muchas tardes memorables de verano, “el mejor jugador que jamás pisó la NBA” demostró su auténtica valía en el único escenario del mundo donde las corbatas, los contratos y la burocracia no tenían ningún poder de censura: bajo la mirada atenta y el aplauso unánime de los condenados de la tierra, en el patio gris de San Quintín.



