#89 - El pulso de Chuck Share: el número uno del draft que dijo 'no' a los Celtics
El toma y daca financiero entre el pívot y Walter Brown, dueño de los Celtics, provocó el desembarco de Bill Sharman en Boston y la poética venganza de los Hawks en 1958.
Walter Brown descuelga el teléfono con la determinación y la suficiencia del que se sabe poderoso. Del acaudalado magnate que no cede ante caprichos ni acepta un no por respuesta. Por si fuera poco, lo hace en calidad de propietario supremo de los Celtics.
Boston acaba de ratificarse como una de las grandes capitales del baloncesto, sede de una franquicia inaugural de la recién nacida NBA. Lograrlo no resultó sencillo: había tenido que hipotecar su casa para fundar los Celtics, aunque es cierto que ser gerente del Garden le había facilitado un poco las cosas. Por ello, tiene muy claro que no había llegado hasta allí para morir en la orilla y que no regalaría ni un solo dólar hasta que las cosas se estabilizaran.
#86 - La inmortalidad de los primeros Bullets
Un vagón de tren privado frena con gran estruendo en la estación de Baltimore. De él se baja Ned Irish, el capo del Madison Square Garden y, por extensión, de los New York Knicks. Escoltado por su nutrido séquito, su misión es simple: cumplir el trámite de aplastar a los Baltimore Bullets en primera ronda de los playoffs de la BAA. Los Bullets no eran más que un equipo
Su orgullo haría el resto.
Marcó el número de destino y lanzó su oferta tan pronto escuchó que descolgaban al otro lado del aparato, sin dar tiempo siquiera a un saludo ni a respuestas de cortesía.
“Mira, Chuck, te doy 6.000 dólares por temporada. Lo tomas o lo dejas”, le espetó Brown, sin rodeos, convencido de que su interlocutor aceptaría cualquier limosna con tal de cruzar medio país para vestir la camiseta del Orgullo Verde.
El propietario creía de veras que se trataba de una cifra razonable para un novato, si bien es cierto que la redujo lo suficiente para minimizar cualquier riesgo en el caso de que las cosas no salieran bien. Chuck, sin embargo, no solo no lo veía así, sino que encajó la propuesta como una flagrante falta de respeto y un insulto a su inteligencia.
No se iba a amilanar ante el estatus de Walter Brown ni el supuesto honor que supondría jugar para los Boston Celtics en la NBA.
Chuck Share no era ningún romántico del baloncesto.
La NBA, entonces en pañales, no vislumbraba siquiera la cantidad de dinero y fama que movería en décadas venideras, por lo que nunca pasó noches en vela pensando en un futuro como jugador profesional. Tampoco soñó con vestir la camiseta de este o aquel equipo. Y mucho menos copar los titulares de las principales cabeceras deportivas del país.
Criado en un entorno duro y eminentemente pragmático en los límites del Medio Oeste —en Akron, Ohio—, Chuck entendía el baloncesto como una ramificación más del trabajo: un oficio físico, no muy distinto al de cualquiera de los miles y miles de operarios de la industria del metal y el motor que pululaban por la región. De ellos, de hecho, había nacido la misma NBL que se entendió, a regañadientes, con la BAA para eclosionar en la NBA. Por lo tanto, no hubo jamás misticismo en su visión de la liga, sino otra vía más para ganarse la vida. En definitiva, el baloncesto no dejaba de ser una profesión que debía compensarle económicamente.
“¿Solo 6.000 dólares?, ¿estás bromeando? Olvídate, Walter”, respondió Share, visiblemente molesto, aunque lo suficientemente sereno como para mantener la compostura y no espetarle cuatro cosas hasta que finalizara la conversación.
Cuando colgó el teléfono, Share maldijo en alto a Brown y se sentó en la mesa de la cocina. Cogió un lápiz y un trozo de papel. No, el sueldo que le ofrecían los Celtics no compensaba ni mucho menos una mudanza de casi mil kilómetros.
Además, él también tenía su orgullo. ¡Qué diablos! ¡Era Chuck Share y acababa de ser elegido en primera posición del draft de 1950! En Boston iban a tener que rascarse el bolsillo si querían disfrutar de su talento. Si Joe Fulks ya cobraba 8.000 dólares cuatro años atrás y George Mikan había saltado la banca con 15.000 dólares por campaña, él no quería ser menos. Y creía firmemente habérselo ganando: venía de instaurar un nuevo récord de anotación con los Bowling Green Falcons, incluidos 39 puntos en todo un Madison Square Garden para dar la bienvenida a las Navidades de 1949.
Unos días después le devolvió la llamada a Walter Brown, tan solo para confirmarle que no aceptaría su ridícula oferta.
Y la negativa de Share cayó como un obús en los despachos de Massachusetts.
Aquello fue interpretado por Walter Brown como una afrenta intolerable.
Acostumbrado a que las estructuras del deporta se plegaran a su voluntad, montó en cólera. “¿Qué se ha creído ese puñetero novato?, ¿Cómo se atreve a rechazarnos a nosotros? ¡A los Celtics! No sabe con quién está jugando”, rumió en su despacho durante varias horas.
Herido en su amor propio, no vaciló: si Share no se arrodillaba, aprendería una lección que destruiría su carrera. En lugar de presentar una contraoferta, reunirse con Share para entender las razones que habían llevado al espigado pívot de 211 centímetros de estatura a declinar la oferta o simplemente preguntarle por cuánto estaba dispuesto a jugar en Boston; Brown optó por aplicar las normas de la NBA de la forma más retorcida y despiadada posible. De hecho, esta misma normativa había sido confeccionada por él mismo —y por otros poderosos como Ned Irish—, por lo que no sería complicado hallar —o inventar, sobre la marcha— algún resquicio que avalara su deseo.
Y este no tardó en materializarse: si Share no firmaba por lo que los Celtics querían pagarle, entonces no jugaría para ellos. Ni para ningún otro equipo.
La NBA de aquellos primeros años funcionaba bajo un régimen prácticamente feudal, un sistema cerrado donde los jugadores eran tratados como fichas intercambiables, con pocos, muy pocos, derechos. Así, los Celtics no aplicaron ninguna sanción, pero retuvieron su ficha con el claro propósito de asfixiarlo. El mensaje implícito era transparente y muy directo: si Chuck quería ganar un solo dólar jugando a baloncesto profesional en Estados Unidos, solo lo haría en Boston y arrastrándose por las condiciones impuestas en un primer momento.
Lo que no esperaba Brown, una vez más, era que Share opusiera resistencia.
Las puertas de la NBA se habían cerrado para él, lo que lo convirtió en una especie de exiliado baloncestístico. Y como tal firmó por los Waterloo Hawks de la también recién creada NPBL, una competición muy efímera que dio cobijo a todos aquellos equipos y jugadores desterrados por la tiranía de la ostentosa NBA. Entre ellos a los Anderson Packers, nuestros protagonistas de la anterior entrega y otra víctima más de la avaricia de Brown y sus allegados.
#88 - El pecado original de la NBA: cuando Wall Street 'ejecutó' a los Anderson Packers
A finales de la década de 1940, el mapa baloncestístico profesional estadounidense se encontraba profundamente fracturado en dos cosmovisiones irreconciliables.
El propietario de los Celtics no tenía poder alguno en esta competición, pero aun así lanzó un doble dardo a Share. En un abrir y cerrar de ojos, Brown les birló a Harry Boykoff a los Hawks para que ocupase el puesto en el frontcourt que debía pertenecerle a Share. Y lo hicieron por un sueldo escandaloso, muy por encima del que le habían puesto sobre la mesa: 15.000 dólares, lo mismo que cobraba Mikan.
La contratación de Boykoff por dicha cuantía sentó como una patada a Share, quien, aun así, no cedió lo más mínimo y ratificó su deseo de continuar en Waterloo. A su vez, quedó patente que el movimiento por Boykoff respondió al cabreo de Brown y no a una necesidad deportiva: el interior demostró no estar a la altura de la NBA, la que abandonó tras concluir aquel mismo curso con unos grises promedios de 6,8 puntos y 4,6 rebotes.
Así, la pelota regresó al tejado de los Celtics.
Ambas partes estaban perdiendo como resultado de aquella guerra infantil de egos. Eso sí, en Boston la urgencia era mucho mayor, pues corrían el riesgo de que el valor de Share se volatizara por completo.
En ese momento emergieron en el horizonte los Fort Wayne Pistons, un equipo arraigado en el Michigan industrial que comprendía a la perfección la mentalidad tozuda y trabajadora de Share. Los Pistons vieron la grieta en el muro de Boston y presentaron una oferta que cambiaría por completo el panorama de la liga durante la siguiente década. El trato se cerró con rapidez: traspasaron a un Bill Sharman que había llegado de rebote a Fort Wayne tras la desaparición de los Capitols a cambio de los derechos de Chuck Share.
Oficinas y aficionados de los Celtics creyeron haber sido estafados, pero qué otra opción tenían: no habían recibido ninguna otra oferta y Share no cedía lo más mínimo.
Paradójicamente, aquel traspaso terminó siendo un golpe de fortuna histórico. Otro más, tras el de Bob Cousy después de otra desaparición, en aquella ocasión la de los Chicago Stags. Curiosamente, la selección de Share sobre Cousy en el draft de 1950 había despertado un malestar tremendo en la afición de los Celtics.
Sharman se integró de inmediato en la disciplina de Auerbach, se convirtió en una leyenda indiscutible de la franquicia, ganó cuatro anillos de campeón y formó junto a Bob Cousy una de las parejas exteriores más temibles y revolucionarias de la época. Share, por su parte, obtuvo finalmente lo que buscaba: debutó en la NBA con los Pistons bajo un contrato justo. Aunque la cifra exacta acordada con Fort Wayne se mantuvo bajo estricto secreto corporativo —algo muy propio de Zollner—, las malas lenguas afirmaron que el contrato final “superó ampliamente” los 8.500 dólares anuales.
Su paso por los Pistons fue discreto, pero le sirvió como plataforma para que uno de los equipos más potentes de la liga depositara sus ojos sobre él. Durante seis temporadas defendió la camiseta de los otros Hawks —pillándole la mudanza desde Milwaukee hacia St. Louis—, donde reforzó el juego interior de una plantilla muy potente en la que destacaban nombres como los de Bob Pettit, Cliff Hagan, Ed Macauley o Clyde Lovelette. Si bien es cierto que sus odiados Celtics se cruzaron en su camino en playoffs hasta en tres ocasiones —dos de ellas saldadas en un Game 7—, también lo es que aquellos Hawks tienen el honor de ser uno de los dos únicos equipos —junto a los Philadelphia 76ers— que lograron eliminar a los Celtics durante su espectacular racha de once anillos en trece años. Una temporada, la 1957-58, que se saldó con el anillo, con Share cumpliendo un digno papel como pívot suplente y más importante aun como capitán del equipo.
Conquistada la gloria, Share finalizó su carrera en los Lakers, coincidiendo con su última campaña en Minneapolis. Allí apenas disputó 18 minutos, repartidos en tres partidos, antes de colgar definitivamente las zapatillas y regresar a St. Louis, donde pasó el resto de su vida, dedicada por completo a los negocios que puso en marcha y a su esposa, Rose Share.





Me cae bien Share