#4 - Baron Davis y el salto que no debió ocurrir
El impresionante mate de Baron Davis sobre Andrei Kirilenko en los playoffs de 2007 representó uno de esos inesperados momentos que el filósofo Alain Badiou bautizó como acontecimiento.
11 de mayo de 2007.
Restan 2:54 minutos para el final del partido. Game 3 de Semifinales de Conferencia.
Los Golden State Warriors vencen por veinte puntos a los Utah Jazz, pero Baron Davis no está satisfecho. Reta a Deron Williams, con una mirada que bien puede ser interpretada como una amenaza o como un aviso de lo que está a punto de presenciar el Oracle Arena. “Atento, Deron, que se vienen cositas”, parece decirle al base de los de Salt Lake City.
Pero, cuando quiere darse cuenta, todo ha terminado. En apenas tres segundos de reloj.
Davis pasa el balón a Andris Biedrins en el poste alto, a quien vigila Mehmet Okür. Por su parte, Williams yerra en su reacción: pasa el bloqueo por detrás, lo que permite a Biedrins devolverle el balón al base de los Warriors, quien se lanza con voracidad sobre el aro.
Andrei Kirilenko —defensor versátil, tan valiente como temido— trata de minimizar daños oponiéndose en el camino de Davis, pero consigue todo lo contrario: ser la víctima de un espectacular póster que transforma el pabellón en una olla a presión. Se desata el júbilo, cuando Davis machaca y cuando, inmediatamente después, está a punto de arrancarse la camiseta.
“Cuando hice el mate, simplemente tiré de mi camiseta. No sabía qué demonios hacer”, recordó Davis en una aparición en el podcast Club 520 en mayo de 2024. “Ni siquiera sabía lo que había hecho. Hasta que miré a un lado y los chicos dijeron: ‘Eso ha sido una locura’. No se oía nada. Al menos yo no oía nada, solo veía a gente atónita”.
En efecto, lo que solo parecía un mate fue mucho más. Aquel momento encerró algo más profundo, una especie de fractura en la lógica y el equilibro del juego. Un abrupto corte en la narrativa dominante. Uno de esos instantes que obligan a redefinir el significa del cuerpo, la física, el deseo y la realidad.
Un momento que Alain Badiou, filósofo y novelista francés, habría definido como acontecimiento.
Una aproximación al acontecimiento
Dice Badiou que un acontecimiento es aquello que sucede sin estar previsto, que no encaja entre las múltiples opciones que se barajan, que rompe con toda expectativa previa y que, por lo tanto, obliga a reconfigurar la realidad a partir de entonces.
En definitiva, una fisura en el ser, un acto que no obedece a las reglas establecidas, sino que las subvierte.
Te pongo un ejemplo: cuando Larry Bird se refirió a Michael Jordan con aquel “hoy he visto a Dios disfrazado de jugador de baloncesto” después de que este les endosara 63 puntos en los playoffs de 1986, los allí presentes presenciaron un acontecimiento. Otro: cuando Guille Giménez afirma eso de que “Stephen Curry sabe que hay vida en otros planetas”, seguramente hayamos visto un acontecimiento. Posiblemente muchos de nosotros también vivimos un acontecimiento cuando descubrimos las maravillas de Nikola Jokic o Luka Doncic. O los pocos aficionados presentes aquel 2 de marzo de 1962 cuando Wilt Chamberlain estableció el récord de los 100 puntos anotados en un partido.
Todas esas cosas no debieron ocurrir. No parecían posibles. Pero sucedieron. A su vez, sin ellas, hubiera sido impensable la evolución que ha acompañado a la NBA a lo largo de las décadas: estos acontecimientos son acumulativos. No hay cabida para el adanismo.
En el lenguaje particular del baloncesto, de la NBA y de aquellos Warriors de 2007, el mate de Davis no fue más, curiosamente, que el acontecimiento cumbre de un acontecimiento aun mayor.
Recordemos que nadie daba un duro por aquellos Warriors. Habían acabado la temporada regular en octava posición de la Conferencia Oeste con un récord de 42-40. En primera ronda, además, les esperaban los Dallas Mavericks, quienes se habían lamido las heridas de las Finales perdidas un año antes con 67 victorias en regular season y el primer puesto del Oeste.
Así nació el We Believe: una oda al acontecimiento que se saldó con la victoria de los Warriors de Don Nelson, Baron Davis y compañía tras seis partidos sobre los que hasta entonces eran los mejores Mavericks de siempre.
El último telonero enterró al cabeza de cartel.
El sujeto y lo eterno
Badiou afirma que un acontecimiento exige la irrupción de un sujeto disidente: alguien que se mantenga fiel a un propósito, aun creyéndolo imposible. Ese sujeto no produce como tal el milagro, sino que lo sostiene. Fue Baron Davis con su mate quien negó regresar a la lógica anterior y quien insistió en la naturaleza del We Believe.
Por ello, un acontecimiento precisa de fe, pero también de la visión futurista de los pioneros. De los adelantados a su tiempo. Hubo muchos, los hay y los habrá. ¿Te suena Victor Wembanyama? El francés, como sujeto, es un acontecimiento en sí mismo: ¿quién de nosotros hubiera esperado la llegada de un tipo de 221 centímetros de altura capaz de hacer tantas y tantas cosas?
Sí, acontecimiento, ruptura y legado confluyen en una única vía.
La nueva realidad resultante del acontecimiento no puede ser borrada. El mate de Davis no modificó el resultado de la serie y se limitó a poner el broche al único triunfo de los Warriors en aquella serie contra Utah Jazz. Paradójicamente, nadie recuerda esa eliminación, pero sí el mate de Davis. Lo que quedó fue el momento, el acontecimiento. No justificó un resultado ni vino acompañado de un anillo, pero produjo algo más duradero: un nuevo sentido al presente y una proyección futura.



Buena fumada de post, mejor seria hablar del we believer de esos warriors eliminando como seed 8 a los mavericks en la ronda anterior, los mavs de robin hood